Soldadita boliviana
Mi hermana tuvo siempre una admirable facilidad para escandalizar a la familia y que todos acabáramos trabajando para ella.
Este drama veraniego sucedió en dos actos y ambos puestos en tensión constituyen un poderoso retablo de la alta sociedad barcelonesa.El primero empezó cuando mi hermana, tras años de no hacer nada, dijo que quería ser fotógrafa y además de hacerle pagar a mi madre una abusiva cantidad de dinero por una formación que abandonó a la mitad, decidió que realizaría su primer trabajo fotográfico en Birmania.
Mi abuela al enterarse montó un gran escándalo.
Dedicó los días siguientes a investigar cómo y por qué a mi hermana –que a duras penas sabría situar Alemania en el mapa– se le había ocurrido aquel destino.
Se enteró de que viajaba con una oenegé, que se hacía cargo del billete de avión y de la manutención, y digo manutención porque no había hoteles previstos y todo consistía en acampar en cualquier parte, de excursión por selvas y poblados.
Cuando me lo contó yo le dije que lo fácil y rápido era comprar a la oenegé y que ellos dieran cualquier excusa a mi hermana.Mi abuela pensó que aquello era la solución para el problema pero quería explicarle algo más a su nieta.
De modo que con toda la información, lo primero que intentó fue razonar con mi hermana y ofrecerle destinos alternativos, mucho más agradables, con sus hoteles extraordinarios y una suma nada despreciable para los gastos.—No lo va a aceptar– le dije—Ya lo sé, de eso se trata.Cuando efectivamente mi hermana rechazó el ofrecimiento y se mantuvo firme en su Birmania, mi abuela le dijo algo así como que cuando ella regalaba algo no era porque se sintiera acorralada sino como cortesía previa a una victoria por aplastamiento.—Es muy difícil que entienda el mensaje– aventuré.Pero mi abuela había previsto algo más que yo:—Ya verás como sí que lo entiende.Y al día siguiente mi hermana recibió una llamada de su oenegé no sólo para comunicarle que el viaje quedaba anulado sino para explicarle que con la cantidad de dinero que mi abuela les había donado podrían hacer mucho más por los indígenas que con sus fotografías.
Según lo relatado por mi hermana, no fue una explicación insultante pero sí muy detallada y precisa, y que le hizo sentir insignificante.
El victimismo de mi hermana fue tal que de un lado mis padres, para compensar a la princesa ultrajada, la invitaron a pasar unos días en la costa amalfitana y lo primero que hizo al llegar al hotel de Santa Caterina fue bajarse al camarero de guardia.
Mi madre dice que era negro, pero mi madre siempre exagera.
Yo, que también cedía siempre a su chantaje, quedé encargado de buscar entre mis amigos de entonces alguien que pudiera darle algo tercermundista de lo que ella quería, pero con lo que mi abuela pudiera estar de acuerdo.
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