¿Falta de apetito en verano? No te inquietes, es una pura cuestión de supervivencia
La pérdida de apetito durante el verano y la preferencia por alimentos frescos no son casuales, sino que responden a la necesidad del organismo de combatir el calor.
La directora del Departamento de Biomedicina y Odontología de la Universidad Europea de Andalucía, Cristina López, explica que se trata de una cuestión de supervivencia térmica: “Al ser animales homeotermos, el organismo lucha por mantener una temperatura interna de entre 36,5 y 37 °C , lo que obliga al hipotálamo a activar la vasodilatación y la sudoración.
De este modo, la necesidad de enfriar el cuerpo prevalece sobre el hambre, lo que regula de forma automática nuestras demandas de comida”.
Digerir comidas pesadas deja además de ser una prioridad para el cuerpo, ya que el procesamiento de los alimentos genera calor interno.
Según López, esta sobrecarga contribuye a que disminuya el apetito ante platos copiosos.
“ El calor modifica los circuitos hormonales relacionados con la leptina y la insulina, reduciendo la señal de hambre y ralentizando las digestiones para priorizar el flujo sanguíneo en la piel”, asegura.
La preferencia por alimentos fríos durante los meses de verano tiene también un importante componente sensorial .
El profesor de Fisiología y Nutrición de la Universidad Europea, Fernando Mata, explica que “la temperatura de la comida modifica de inmediato nuestra percepción en el cerebro a través de los receptores TRPM8, que son sensibles al frío”.
Esta estimulación nerviosa genera un alivio térmico instantáneo en los circuitos de recompensa y está también detrás del dolor de cabeza momentáneo conocido popularmente como “cerebro congelado” cuando se toma algo muy frío.
Pero el calor no solo modifica directamente el apetito.
Las alteraciones del descanso durante las noches calurosas también pueden influir en nuestra alimentación.
Dormir mal altera hormonas como el cortisol, la melatonina, la grelina y la leptina, lo que repercute en las decisiones a la hora de comer.
“Una mala noche de sueño altera nuestras preferencias al día siguiente, incrementando la búsqueda de alimentos rápidos y azucarados, aunque el calor reduzca el apetito global”, explica Mata.
Ante las olas de calor, beber agua se convierte en un pilar fundamental para evitar la fatiga .
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