No digas nada
Hay cosas que se estropean en cuanto alguien abre la boca.
Un anochecer o una buena canción en un concierto son dos buenos ejemplos.
Siempre aparece uno que contempla cómo el sol se esconde en el mar y considera imprescindible decir: «Qué bonito».
Como si el sol necesitara un comentarista.
Nos cuesta quedarnos callados, porque hemos adquirido la costumbre de ponerle palabras a todo.
Me interesan mucho esas cosas que paran en seco las conversaciones en una época especializada en lo contrario.
Todo tiene comentario o nos exige una reacción u opinión.
Nos mandan una fotografía y contestamos con un corazón.
Alguien muere y escribimos un obituario.
Nace un niño y ponemos una frase.
Comemos, viajamos, queremos, nos despedimos y contemplamos el mundo con la obligación de ir dejando constancia.
Por eso, callarse tiene algo de resistencia.
Soy especialmente aficionado a los silencios pequeños, los de andar por casa.
El de una cocina de madrugada cuando todos duermen.
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