Truman Capote, 42 años después: por qué seguimos hablando del autor de 'A sangre fría'
Te lo mandan leer, normalmente A sangre fría, y uno empieza pensando que tiene delante otro clásico obligatorio de esos que vienen con subrayador, examen y bostezo preventivo.
Luego aparecen una familia asesinada, un pueblo diminuto, dos criminales, una prosa que avanza como si supiera exactamente dónde hacer daño y una pregunta bastante incómoda para cualquiera que quiera dedicarse al periodismo. ¿Hasta dónde se puede contar la realidad sin traicionarla? Ahí sigue Capote, cuarenta y dos años después de su muerte.
No tanto como una reliquia literaria, sino como ese autor que todavía se cuela en las conversaciones sobre cómo narrar, cómo mirar y cómo convertir un hecho en una historia sin dejar de hablar de hechos.
Y los periodistas tenemos especial culpa de que siga vivo.
Porque, seamos sinceros, a quién de nosotros no le han mandado leer A sangre fría en algún momento de la carrera.
Cambia la universidad, cambia el profesor y cambia el curso, pero Capote reaparece con una puntualidad casi académica.
No es casualidad.
Entendió antes que muchos que contar bien una historia no significa inventarla.
Que la realidad, si uno sabe observar, ya viene cargada de personajes, silencios, contradicciones y finales incómodos.
El niño que ya estaba tomando notas Truman Streckfus Persons nació en Nueva Orleans el 30 de septiembre de 1924 y pasó parte de su infancia en Monroeville, Alabama.
Allí coincidió con Harper Lee, futura autora de Matar a un ruiseñor.
No está mal como amistad infantil.
Capote empezó a escribir muy pronto.
Mientras otros niños coleccionaban cromos, él observaba a los vecinos y convertía sus pequeñas tragedias domésticas en relatos.
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