Pero, ¿quién vigila a los vigilantes?
Siempre he pensado que la madrugada tiene un extraño sentido del humor.
Cuando todos duermen, ella decide abrir cajones que uno juraría haber cerrado hace años.
Ahí aparecen personas, recuerdos, conversaciones... y, de vez en cuando, también preguntas.
Una de ellas me acompañó toda la semana.
Hace unos días me acordé de la secundaria.
En mi salón había un director que imponía más respeto que varios maestros juntos.
Si te encontraba corriendo por los pasillos, llegabas tarde o traías el uniforme incompleto, era imposible escapar de su libreta.
Lo curioso es que nunca recuerdo haberme preguntado quién revisaba su trabajo.
Supongo que de niño uno da por hecho que siempre existe alguien arriba de quien pone las reglas.
Con los años descubrí que la vida adulta funciona distinta.
Hay jefes, auditores, consejos de administración, órganos internos de control, contralorías y toda clase de personas encargadas de supervisar el trabajo de alguien más.
No porque el ser humano sea malo por naturaleza, sino porque incluso las personas bien intencionadas necesitan límites.
La confianza, aprendí después, no sustituye a los controles; los hace posibles.
Mientras esa historia del prefecto me daba vueltas en la cabeza, recordé una intervención que escuché hace unos días del ministro Arístides Guerrero.
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