Lo que cabe en una cuartilla
El pasado 12 de agosto participé, junto a un centenar de colegas economistas, en el Foro para el Crecimiento Sostenible y Equitativo, convocado por la Facultad de Economía de la UNAM, el CIDE, El Colegio de México, el Tecnológico de Monterrey y la UAM-Xochimilco, entre otras instituciones.
La mecánica de participación exigía que fuéramos concretos, mediante una propuesta puntual en una cuartilla como máximo. ¿El objetivo? Diseñar una propuesta conjunta para responder qué le sugiere al Gobierno Federal o al Congreso para estimular el crecimiento.
Desde este espacio agradezco al comité organizador integrado por Ana Aguilar, Gabriela Dutrénit, Gerardo Esquivel, Fausto Hernández, Juan Carlos Moreno-Brid, Mariana Rangel, Lorena Rodríguez y Héctor Villarreal, quienes nos convocaron a un espacio que en México resulta indispensable, donde la heterodoxia y la ortodoxia pueden discutir sin descalificarse y conversar sobre un tema de interés común.
Personalmente participé en la mesa de fortalecimiento del espacio fiscal e inversión pública, y ahí fue donde la restricción de elaborar una propuesta de una cuartilla me obligó a pensar en una aportación a la vez concreta y útil.
La tentación natural, en un foro sobre crecimiento, es proponer un programa expansivo vía gasto, un impulso contracíclico vía mayor déficit, o una batería de distintos estímulos fiscales.
Pero yo elegí escribir sobre otro tema: antes de diseñar lo que falta, conviene reconocer lo que ya está construido.
Los números lo dicen mejor que cualquier argumento.
De acuerdo con datos de la Secretaría de Hacienda, los ingresos petroleros del sector público presupuestario equivalían a 8.8% del PIB en 2012, pasando a 2.7% del PIB en 2025.
En sentido contrario, durante el mismo periodo, los ingresos tributarios pasaron de 8.0% a 15.2% del PIB.
La recomposición de ingresos públicos entre el petróleo y los impuestos ha sido notable, y hoy la fortaleza está en el mercado interno y lejos del Golfo de México.
Ese cambio no llegó por accidente.
Fue el diseño de la reforma hacendaria de 2014, y su mejor credencial es que sobrevivió a tres administraciones federales con proyectos políticos distintos.
Una la aprobó y comenzó a implementarla.
La siguiente no la revirtió y la profundizó por la vía de la fiscalización y la digitalización.
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