La rebelión de los bonos
Ayer, el rendimiento del bono del Tesoro de Estados Unidos a 30 años llegó a 5.29 por ciento, su nivel más alto desde 2007, y quedó muy cerca del pico de 5.44 por ciento que alcanzó aquel año, en la antesala de la crisis financiera global.
La comparación con 2007, sin embargo, engaña.
Entonces, el problema era una borrachera de crédito privado.
Hoy, el mercado le está pasando la factura más bien al gobierno norteamericano.
Conviene explicar por qué importa.
La tasa a 30 años es una de las principales referencias del costo del dinero a largo plazo.
Sus movimientos terminan transmitiéndose a las hipotecas, al financiamiento corporativo y a la valuación de numerosos activos.
Y hay una paradoja.
La tasa de largo plazo sube justo cuando los datos de la economía norteamericana se debilitan: el empleo cayó inesperadamente en julio, las ventas minoristas tuvieron su peor descenso en más de un año y la inflación subyacente resultó más moderada de lo previsto.
En condiciones normales, ese cuadro debería empujar los rendimientos hacia abajo, al anticipar menor crecimiento y menores presiones sobre los precios.
De hecho, las tasas de corto plazo han cedido.
Que en el extremo largo de la curva ocurra lo contrario revela algo de fondo: la coyuntura económica ya no basta para explicar lo que sucede.
El mercado está cobrando una prima creciente por prestar a Washington durante tres décadas.
Es, cada vez más, una señal de desconfianza fiscal.
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