Parábola de la banqueta
El punto de partida de esta columna es una experiencia personal que viví este domingo.
Estaba trabajando en mi departamento cuando, desde la ventana, vi a una persona que avanzaba arrastrándose por la calle.
Traía un bastón, pero en vez de apoyarse en él, lo aventaba hacia adelante y después se movía a duras penas para alcanzarlo.
No supe si estaba enfermo o había tenido un accidente, pero lo evidente era que necesitaba ayuda.
Bajé rápido con lo que tenía a la mano para ofrecerle algo: un yogurt, un refresco y unos ibuprofenos.
Me acerqué a preguntarle cómo estaba y me contó su nombre, llamémosle Javier.
Me contó también que vendía dulces para costear su desayuno y que, cuando era joven, lo atropellaron, por lo que tiene problemas para caminar hasta el día de hoy.
Después de la plática, regresé a mi departamento, pero desde la ventana volví a verlo caer.
Yo no tengo las herramientas para entender qué le estaba pasando: no soy médico ni trabajador social como para determinar sus necesidades específicas.
Llamé al 911.
Y la verdad es que me llevé una grata sorpresa.
Digo “sorpresa” porque la realidad es que muchas veces este tipo de servicios son deficientes.
Pero en esta ocasión, llegó una patrulla al lugar y después personal paramédico.
Los policías incluso conocían a Javier porque ya lo habían visto antes por la zona.
5News agregó este resumen a partir del feed público del medio. La nota completa, con todo el contexto, está en www.elfinanciero.com.mx — el contenido pertenece a El Financiero.