Caso Rocha Moya, evidencia de la inmoralidad de la 4T
Una súbita ráfaga de viento abrió la ventana de la alcoba donde dormía la hermosa doncella.
Volando entró un vampiro que se convirtió en Drácula.
Vio el conde transilvano los ebúrneos encantos pectorales de la atractiva joven y dijo para sí: “A ésta de pendejo me le voy al cuello”...
Don Tatariolo, señor cargado de años, estaba muy malito.
Su esposa le pidió al médico que lo revisara.
El facultativo le pidió al nonagenario: “Abra la boca y diga A”.
La abrió el paciente y dijo: “Equis.
Y griega.
Zeta”.
El galeno se volvió hacia la esposa: “Me temo que el señor está en las últimas”...
Quien haya pasado por una escuela secundaria conservará de seguro este recuerdo.
Uno de dos castigos, o los dos, sufría el compañero que había incurrido en una acción reprobada por el grupo.
Quizá denunció ante el profesor a alguno; quizá le robó la pluma Esterbrook a otro; quizá era el alumno empollón o machetero –ñoño se dice ahora–, y tapó con la mano la respuesta al problema de aritmética en el examen, impidiendo así que pudiera copiarla el camarada de al lado.
Aun ahora no sé cuál de aquellos dos castigos sería peor.
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