Matar al mensajero. Ocultar el mensaje
Todos los poderes, incluso aquellos que nos han servido de referencia para defender nuestro derecho a la libertad, han sentido alguna vez la tentación de matar al mensajero.
En 1787, Thomas Jefferson dejó escrita una de las defensas más célebres de la libertad de prensa.
En una carta a Edward Carrington sostuvo que, si tuviera que elegir entre “un gobierno sin periódicos o periódicos sin gobierno”, no dudaría en preferir lo segundo.
Dieciséis años después, ya como presidente, Jefferson mostró la otra cara del poder.
En 1803 escribió al gobernador de Pensilvania, Thomas McKean, que no había que perseguir a toda la prensa, porque parecería persecución.
Bastaba con actuar contra unos cuantos para que los demás entendieran el mensaje.
Como ven, este problema de la relación entre la verdad, la prensa y el poder es eterno.
Incluso quienes construyeron algunas de las grandes referencias de la libertad moderna sintieron, cuando tuvieron el poder en sus manos, la tentación de decidir qué voces debían ser castigadas.
Matar al mensajero, o al menos disciplinarlo, es una tentación mucho más antigua que cualquiera de nuestros gobiernos contemporáneos.
Y pocas cosas han demostrado mejor el poder del miedo y de la censura que una lista.
La historia del siglo XX dejó uno de sus ejemplos más claros precisamente en Estados Unidos.
El mundo empezó a ir mal cuando, en Estados Unidos, todo Hollywood, los intelectuales y los políticos comenzaron a temblar por una lista.
Eran los años duros de la posguerra y del comienzo de la Guerra Fría.
Harry Truman ocupaba todavía la Casa Blanca, antes del relevo que llevaría a Dwight Eisenhower a la Presidencia.
5News agregó este resumen a partir del feed público del medio. La nota completa, con todo el contexto, está en www.elfinanciero.com.mx — el contenido pertenece a El Financiero.