La España de los motines
La historia de España está llena de motines, de explosiones populares y de situaciones en las que, pese a la contención que muchas veces impone el orden político, de pronto se produce lo que Ortega y Gasset llamaba la rebelión de las masas.
Un fenómeno que describió de muchas maneras, pero en el que siempre he considerado que faltaba desarrollar suficientemente un factor fundamental: el gen de la explosión.
La situación es clara.
Existe un gas social que se va concentrando en el interior de la sociedad española.
Un malestar que durante mucho tiempo parece contenido, tolerable e incluso gobernable, y que podría encontrar una salida mediante modificaciones políticas.
Sin embargo, por los tiempos, las circunstancias o la incapacidad de quienes gobiernan, termina convirtiéndose en algo mucho más peligroso.
De pronto se produce un motín, como el de Esquilache, o un levantamiento, como el del 2 de mayo de 1808, uno de los acontecimientos fundamentales de la historia española por la defensa de su soberanía.
Lo interesante es que, meses antes, las tropas francesas habían entrado en España con el consentimiento de la Corona y, en determinados sectores, habían sido bien recibidas.
Se establecieron relaciones y formas de convivencia que terminaron convirtiéndose en una guerra de independencia.
Así suelen estallar las grandes tragedias históricas.
El sentimiento de independencia nacional no apareció de un día para otro, sino que fue creciendo lentamente, alimentando una reserva de odio social que, en un momento determinado, por un hecho aleatorio, una imprudencia, el disparo de un policía o la muerte de un niño, termina estallando y puede convertirse incluso en una guerra.
Desde el éxito de la transición española, uno de los momentos fundamentales en los que España consiguió incorporar a su vida política los principios de convivencia y racionalidad de la Ilustración, el país parecía haber encontrado una manera de superar algunas de sus contradicciones históricas.
Conviene no olvidar que durante siglos muchos de los intentos de convertir a España en un país más europeo fracasaron, en parte por las singularidades, casi genéticas, del pueblo español y por su relación histórica con el viejo binomio de mandar y obedecer.
Ahora estamos ante otro escenario, en el que el desencadenante es conocido por todos.
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