La lealtad, un deporte de temporada, por @ArmandoMartini
Desde que se inventó el poder, la nobleza de la lealtad dura lo que una comida, y cuando se llevan los platos, se comprueba que los comensales tenían protocolo, cortesía y buenos modales, pero mejores piernas para salir corriendo.
Cuando un payaso se muda a un palacio, no se convierte en Rey.
El palacio se transforma en circo.
Lo que resume la tragedia venezolana.
El espectáculo adulador descompuesto fue nauseabundo en vida y resulta cómico en perspectiva.
Halagaron sin piedad, con la mano en el pecho y el latido aparentando amor.
La voz quebrada de fingida emoción lagrimó: “eres el elegido, el gigante, la luz, el salvador”, solo faltó pedir la beatificación.
Juraron lealtad hasta la muerte, eso sí, sin precisar de quién.
Resultó ser la ajena; la del jefe podía esperar sentada.
Llegó la desgracia y con ella, el milagro.
El regente se quedó solo, de pronto, el que sabe de números y trampas, el creído de artista e influencer y el de las estrellas refulgentes, descubrieron que tenían “responsabilidades con la patria”.
Conmovedora casualidad.
La patria, distinguida, oportuna, pretexto para la cobardía, aparece puntual cuando hace falta una excusa para huir con decoro.
Nunca fue tan fácil amarla como el día que significa soltar la mano de quien te la dio.
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