El desencantamiento del mundo
Vivimos una crisis epocal que no es solo económica o política, sino profundamente existencial y espiritual.
Los síntomas son muchos, sólo pongo uno a modo de ejemplo, la epidemia de suicidios entre jóvenes, por no poner los altos índices de estrés, depresión, adicciones, analfabetismo funcional, etc.
Morris Berman ya hace más de 40 años, describió nuestra civilización como una cultura que ha roto el vínculo con la totalidad.
El desequilibrio entre el desarrollo del poder técnico y la pérdida de sentido nos confronta con una pregunta urgente: ¿cómo recuperar aquello que hemos perdido? La obra de Berman, especialmente su trilogía compuesta por El reencantamiento del mundo (1981), Cuerpo y espíritu (1992) e Historia de la conciencia (2004), sostiene que la crisis moderna, ecológica, psicológica, espiritual y social, no es primariamente técnica ni moral, sino ontológica.
Hemos construido una forma de habitar la realidad en la que el mundo aparece como materia muerta, mecanismo, recurso, objeto.
Y nosotros aparecemos como sujetos aislados, observadores externos, dominadores.
Así definimos qué es el mundo y qué somos.
Berman retoma de Max Weber el concepto de «desencantamiento» para describir cómo la ciencia mecánica y el pensamiento cartesiano expulsaron la «mente» o el «espíritu» de la naturaleza.
Pero el reencantamiento no es un retorno a la magia ingenua.
Implica dos recuperaciones fundamentales: “Lo sagrado”, para Berman, no es necesariamente teológico o religioso en el sentido dogmático.
Es la percepción de que el mundo posee un valor intrínseco, una profundidad y un misterio que escapan al cálculo utilitario.
La modernidad profanó el mundo al reducirlo a recursos disponibles para el dominio humano.
Reencantar es volver a ver los ríos, los árboles y los demás seres como portadores de una presencia que merece reverencia, no como meros objetos de explotación.
Es recuperar la capacidad de asombro ante lo que nos trasciende.
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