Malos perdedores y legitimidad presidencial, por Fernando Barrientos Del Monte
X: @Latinoamerica21 Durante la ceremonia de toma de posesión de Keiko Fujimori como presidenta de Perú, el 28 de julio, hubo protestas en las calles del centro histórico de Lima, varias de ellas encabezadas por Roberto Sánchez, el candidato perdedor de la elección en segunda vuelta.
Algunos congresistas de su partido, Juntos por el Perú, pero también de Ahora Nación, ambos de la oposición, abandonaron el hemiciclo, mientras que otros usaron un crespón fúnebre y se pusieron de espaldas mientras Fujimori daba su mensaje a la nación.
En Colombia, Gustavo Petro, presidente saliente, se ha negado a reconocer el triunfo electoral de Abelardo de la Espriella como nuevo presidente, señalando un fraude sin pruebas.
Incluso Iván Cepeda, candidato perdedor de su partido, ha reconocido el triunfo.
Sin embargo, la negativa de Petro ha penetrado en medios y en la opinión pública, lo que ha afectado a la legitimidad del presidente entrante. ¿Qué implican este tipo de comportamientos? ¿Cuáles son sus efectos para la estabilidad de las democracias? El consenso del perdedor, un pilar democrático El consenso del perdedor es un componente central para el funcionamiento de las democracias, sobre todo en los presidencialismos bajo condiciones de competencia justa.
En la medida en que los contendientes perdedores reconocen el triunfo de los presidentes electos, complementan la legitimidad de origen que los ganadores obtienen por la mayoría de votos.
En Estados Unidos, por ejemplo, existe la práctica del «discurso de concesión» del candidato perdedor ante sus seguidores, y que tiende a estar precedida de una llamada telefónica al candidato ganador.
Este es el comportamiento esperado cuando la diferencia entre el ganador y el perdedor es muy amplia, pero a veces cuando los resultados son muy estrechos y el candidato perdedor no acepta la derrota, aparecen escenarios conflictivos.
Evidentemente, la protesta y la no aceptación de los resultados son comprensibles políticamente cuando existen claras evidencias de fraude, como sucedió con las elecciones presidenciales de Venezuela en 2024.
Pero cuando no las hay, la ausencia del consenso del perdedor tiende a crear problemas de largo alcance, y en la época contemporánea, es un componente que aumenta la polarización negativa.
Existen varios casos de malos perdedores en la historia de las elecciones presidenciales, pero en el siglo XXI los episodios emblemáticos de la falta del consenso del perdedor han pasado de ser meras anécdotas para convertirse en el origen de graves crisis institucionales.
Los casos más emblemáticos son México en 2006 con López Obrador, Estados Unidos con Donald Trump en 2020-2021 y Brasil con Jair Bolsonaro en 2022-2023.
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