#OPINIÓN Rodger Farrell, el estadounidense que vino a Venezuela a construir instituciones #22Sep
Rodger Farrell desconfiaba de los laudos interminables. Cuando alguien parecía confundir el número de páginas con la importancia de una decisión, mencionaba Roe v. Wade y se detenía a contar las 66 páginas que ocupa la sentencia. Si una decisión que había transformado la vida jurídica y política de Estados Unidos durante décadas podía exponer sus razones sin convertirse en un tratado, los árbitros también debían ser capaces de llegar al punto con precisión y sin salirse de la línea argumentativa de la cuestión jurídica debatida. Un laudo no era más importante por ser largo ni menos profundo por ser breve.
Esa preocupación por la claridad no terminaba en el lenguaje. Alcanzaba también la conducta de los abogados y los árbitros. En uno de sus correos me propuso preparar un documento sobre ética arbitral . Proponía reunir a varios profesionales para redactar un texto que pudiera ayudar a los abogados frente a clientes dispuestos a llevarlos a medidas extremas. Luego introducía una precisión con su habitual franqueza: en realidad, sospechaba que el problema era más de los abogados que de sus clientes. No había en ello una crítica hecha desde la distancia, porque conocía tanto el arbitraje venezolano como la idiosincrasia de los litigantes. Por eso criticaba los procedimientos formalistas y enrevesados que obstaculizaban la solución eficiente de los conflictos.
Era un buen rematador de faenas y llevaba hasta el final lo que se proponía. Así ocurrió con el Cedca , pues no descansó hasta ver a este centro de arbitraje en funcionamiento. Su vitalidad fue decisiva para su creación y posterior consolidación como uno de los grandes centros de arbitraje de Venezuela.
Aquella vitalidad venía de lejos. Graduado en Economía en la Universidad de Brown, había servido como oficial de la Marina de Estados Unidos en el destructor USS Hunt durante la Segunda Guerra Mundial. Más tarde llegó a Venezuela como presidente de General Electric . Ya era un temperamento universal y cosmopolita. Cuando se jubiló, en 1987, no aceptó que había llegado el momento de descansar. Siguió promoviendo proyectos, reuniendo personas y creando instituciones.
Fue presidente del Centro Venezolano Americano y de la Cámara Venezolano-Americana de Comercio e Industria (VenAmCham) . Desde esas responsabilidades trabajó por fortalecer una relación entre Estados Unidos y Venezuela que no se reducía al comercio, sino que se extendía al terreno cultural. Sabía que las relaciones entre los países no las sostienen solo sus gobiernos, sino las instituciones capaces de sobrevivir a las diferencias políticas y las personas dispuestas a conocerse, confiar unas en otras y trabajar juntas por objetivos comunes.
Formó parte de una tradición de estadounidenses que dejaron una huella profunda en Venezuela. William H. Phelps, William F. Coles, Robert Bottome y Warren Smith, entre otros, llegaron al país, se quedaron y pusieron aquí sus talentos al servicio de empresas, instituciones y proyectos culturales. Nelson Rockefeller ocupó también un lugar en esa historia.
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