La Geometría del ALMA, por Iván López Caudeiron
Hay un instante, casi imperceptible, en el que la luz de la mañana entra por la ventana y nos obliga a tomar una decisión callada pero trascendental.
No me refiero a qué ropa vestir ni al café que prepararemos con la prisa de siempre, sino a cómo decidimos plantarnos frente al día que empieza.
En un país donde la vida a menudo nos exige una entereza de acero, la felicidad deja de ser un destino lejano o un poema romántico para convertirse en un acto puro de valentía.
Ser feliz aquí no es ignorar las grietas del camino, sino aprender a sembrar flores en los bordes.
Durante años nos vendieron la idea de que la dicha era una meta monumental, un trofeo que se alcanza solo tras cruzar una meta repleta de aplausos.
Sin embargo, con el paso del tiempo y las vivencias a cuestas, uno comprende que la felicidad se esconde en la filigrana de lo cotidiano: en la risa compartida alrededor de una mesa sencilla, en el abrazo apretado de quien te espera y en esa calma profunda de saber que se está vivo.
Es una decisión intima que se cultiva día a día, una pausa consciente para agradecer incluso lo que parece diminuto.
Acompañando a esa búsqueda silenciosa florece la actitud positiva, que nada tiene que ver con ese optimismo vacuo y deslumbrante que pretende tapar el sol con un dedo.
La verdadera actitud luminosa es esa postura erguida del alma que mira de frente a la tormenta y dice: «esto también pasará, y mientras pase, sabré encontrar una salida».
Es la fe inquebrantable del venezolano que sonríe ante la dificultad no por ingenuidad, sino porque sabe que la amargura jamás ha construido un puente ni ha sanado un corazón herido.
Esa misma luz se traslada indefectiblemente a lo que hacemos con las manos y la mente.
Amar lo que uno hace es, quizás, uno de los privilegios más nobles y transformadores a los que podemos aspirar en la vida.
Cuando le entregas tu pasión a un oficio —ya sea escribir una columna al calor de la noche, enseñar en un aula, cultivar la tierra o servir un plato caliente— el trabajo deja de ser una pesada carga para convertirse en una oración en movimiento, en la huella tangible que dejamos en el mundo. ?Quien ama su labor no solo busca el sustento, sino que deposita en ella el alma entera, cuidando cada detalle con la devoción de un artesano.
En ese ejercicio diario de entrega nos descubrimos útiles, vivos y profundamente conectados con los demás.
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