Orlando Viera-Blanco: Entre el taita y el Libertador (II)
“Me arrepiento de haber entrado a una guerra civil a mi nuevo regreso en 1861.
Y después mi dictadura [1861-1863].
Ahí está la diferencia entre fundar una República y aprender a vivir en ella.
Una lección aprendida, tarde, pero aprendida” La noche había vuelto a poner a Caracas en esa penumbra donde la historia parece caminar sin pedir permiso.
Sobre la mesa había tres copas, algunos libros y un silencio antiguo.
Frente a mí estaba José Antonio Páez, vestido de oscuro, con aquella mirada que debía haber visto demasiadas veces el horizonte de los Llanos como para sentirse cómodo dentro de una habitación.
A su lado, discretamente, seguía Simón Bolívar. —General—le dije a Páez—Ud. tiene fama de haber sido muchas cosas: llanero, guerrero, caudillo, presidente, exiliado, músico aficionado, lector, amante incorregible, aficionado a la ópera y hasta hombre de letras. ¿Cuál de todos esos Páez es el verdadero? Páez soltó una carcajada. —¡Todos, amigo mío! Lo que pasa es que ustedes los escritores quieren meter a un hombre en una sola caja.
Y yo nunca fui bueno para permanecer encerrado.
Bolívar sonrió. —Ni encerrado, ni quieto. —Eso sí es cierto, convino José Antonio. —¡No me venga Ud. con sus sermones, Libertador! —respondió Páez— Ud. tampoco fue un santico.
Los tres reímos.
Páez había nacido en Curpa [Estado Portuguesa-1790], en una familia humilde.
Su educación formal fue escasa.
Fueron los llanos, el trabajo, los caballos, el ganado y la necesidad los que terminaron formando al hombre. —¿Cuándo ocurrió la transformación de joven llanero y rural a guerra e intelectual? Páez bajó la mirada. —Después de la guerra.
Uno puede pasar años creyendo que la fuerza está en el brazo y descubrir-con los años—que la fuerza verdadera está en la cabeza.
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