No se trata de palabras sino de acciones
Las palabras se las lleva el viento; las acciones dejan huellas.
Y algunas palabras, además, dejan heridas.
En Sudamérica, la creciente presencia de China —cualquiera que sea su objetivo último— se ha construido mucho más con obras que con discursos.
El caso más elocuente es el Perú, donde las inversiones chinas han adquirido enorme peso y donde el puerto de Chancay representa una de las mayores obras de infraestructura de la región, destinada a transformar las rutas comerciales entre Sudamérica y Asia.
Algo semejante, con matices propios, ha ocurrido en otros países del subcontinente.
México y Centroamérica responden a una lógica distinta, más marcada por la cercanía geográfica y el nearshoring, y merecen un análisis aparte. ¿Por qué ha ocurrido esto en Sudamérica? No porque la región se haya vuelto ideológicamente china.
China simplemente ha ocupado los espacios que Estados Unidos dejó abiertos, y lo ha hecho con puertos, carreteras, energía, telecomunicaciones, créditos e inversiones que generan intereses económicos concretos.
Durante demasiado tiempo, Washington pareció confiar en que Sudamérica era su patio trasero y que seguiría siéndolo.
La proximidad geográfica, los vínculos históricos y el peso de su economía parecían garantía suficiente.
Pero ninguna influencia internacional es permanente si no se cultiva, y Estados Unidos no siempre consideró prioritario invertir en la infraestructura que la región necesitaba —los mismos puertos, carreteras y redes que amplían el comercio y vinculan las economías entre sí.
China entendió esa realidad y actuó en consecuencia.
El mundo actual, además, ya no está dominado por las grandes confrontaciones ideológicas del pasado.
Los países buscan mercados, inversión, tecnología y una inserción ventajosa en el comercio mundial, y deciden cada vez más en función de esos intereses.
Por eso resulta insuficiente pedirle a Sudamérica que escoja entre Washington y Pekín: la competencia no se ganará con declaraciones sobre quién es amigo y quién es adversario, sino demostrando quién ofrece mejores oportunidades de desarrollo y quién está dispuesto a participar efectivamente en él.¡ Estados Unidos conserva ventajas extraordinarias en la región —proximidad, un mercado inmenso, tecnología, capital, vínculos humanos y una larga historia compartida—, pero ya no puede darlas por descontadas.
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