Las Tejerías y la «segunda Teresa Carreño», por Rafael A. Sanabria M.
Correo: [email protected] En la geografía histórica del estado Aragua, la población de Las Tejerías guarda en las entrañas de su memoria colectiva un acontecimiento de singular relieve para los anales de la cultura venezolana: haber sido el lugar de descanso eterno de Emma Silveira Barrios, una de las concertistas de piano más deslumbrantes que haya producido el país durante las primeras décadas del siglo XX.
El 26 de agosto de 1932, en plena juventud y en la cúspide de su virtuosismo interpretativo, la vida de esta eminente ejecutante se apagó en este enclave aragüeño a los 38 años de edad a causa de un trágico accidente de tránsito, cuando venía de pasar vacaciones en su natal Barquisimeto, inmortalizando el nombre de la localidad en la nómina del patrimonio musical de la nación.
Para comprender la magnitud de este hecho en la memoria histórica nacional, es preciso situarse en la geografía y el espíritu de Las Tejerías hacia 1932.
En aquella época de transición republicana, la población no era solo una encrucijada estratégica que conectaba los valles de Aragua con la capital de la República a través del célebre Gran Ferrocarril de Venezuela, sino también un remanso pintoresco, rodeado de haciendas cañameleras, trapiches y apacibles sembradíos de pie de monte que gozaban de un clima benigno.
Este entorno servía de retiro de salud, inspiración y tranquilidad para familias distinguidas, intelectuales y hombres de letras del centro del país.
Sus calles tranquilas, el constante silbato de las locomotoras de vapor y el verdor de sus campos conformaban el telón de fondo de una Venezuela rural en transformación que, sin embargo, albergaba en sus pequeñas poblaciones una vibrante vida social y espiritual.
Fue en ese ambiente donde las notas de Emma Silveira Barrios resonaron antes de silenciarse definitivamente, dejando una huella indeleble en la historiografía local y nacional.
La trayectoria de Emma Silveira Barrios había comenzado el 19 de julio de 1894 en la ciudad de Barquisimeto, estado Lara, en el seno de un hogar donde el intelecto, la ética ciudadana y las expresiones artísticas constituían la dinámica cotidiana.
La casona familiar, ubicada en el casco histórico de la capital larense (en la actual calle 23, entre carreras 16 y 17), se erigió como un genuino ateneo donde se fomentaba el amor a las letras, el ejercicio de las leyes y la investigación científica.
Emma fue hija del eminente abogado, educador y flautista Dr.
Manuel Silveira Huizi (1856–1927) y de doña Palmacia Dolores Barrios Yépez (1869–1965), quienes brindaron a sus hijos una sólida formación académica y universal en una época de complejas transformaciones políticas en el país.
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