El camino de la recuperación y la reconciliación
No será un camino de rosas.
Es mucho lo que se ha destruido, no solo en bienes materiales, sino, sobre todo, por el daño moral que han generado la injusticia, la prevaricación, la intolerancia y el abuso de poder.
Es demasiado profundo el daño para que simplemente tracemos una raya y digamos que aquí no ha pasado nada.
Pero tampoco lograremos avanzar con el espíritu de la retaliación y la venganza, con el viejo “sal tú para ponerme yo”.
Sustituir una arbitrariedad por otra no es reconstruir un país.
Habrá quien confunda cambio con cambio de nombres.
Pero un país no se transforma porque cambien los rostros en el poder, sino cuando todos, sin excepción, quedan sometidos a la misma ley.
Habrá leyes que reformar, otras que derogar y nuevas que será necesario dictar.
Pero ninguna reforma será suficiente mientras la aplicación de la ley dependa de quién gobierna, de quién es amigo y de quién es enemigo.
Lo demás es fachada.
La única vía que puede funcionar es comenzar por establecer un sistema de justicia que aplique la ley con criterios objetivos e iguales para todos.
Y tenemos que ser sinceros y reconocer que esa no ha sido siempre la conducta prevaleciente en nuestra historia.
Es verdad que en algunas épocas ha sido peor que en otras, pero nunca ha desaparecido plenamente el compadrazgo, que podría resumirse en aquel dicho, por demás muy español: para los míos, todo; para mis enemigos, nada; y para los indiferentes, la ley vigente.
Así ninguna sociedad moderna puede progresar.
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