El seguro no es un gasto: es transferencia de riesgo financiero
Rafael Casique. – En la contabilidad mental de la mayoría de las empresas y las familias, el seguro entra en la misma casilla que el alquiler o los servicios: un gasto recurrente que hay que minimizar. Esa clasificación es un caro error, porque lleva a tomar decisiones de cobertura con el criterio equivocado: buscar la prima más baja, como quien recorta una factura. El seguro no es un gasto. Es la compra de un instrumento financiero : la transferencia de un riesgo hacia un tercero que sí tiene el capital para cargarlo.
Si lo vemos así, la lógica cambia por completo. La pregunta deja de ser “cuánto me cuesta” y pasa a ser “qué riesgo estoy moviendo fuera de mi balance, y a quién”. La prima es el precio de esa transferencia . No es dinero que se pierde. Es dinero que compra certeza sobre un evento de baja probabilidad y alta severidad que, de materializarse, destruiría su patrimonio o su capital de trabajo.
El principio que ordena toda la decisión es simple: retenga lo que pueda absorber, transfiera lo que lo quiebre. Un evento pequeño y frecuente, como un vidrio roto o una reparación menor, no debería estar asegurado. Asegurarlo es, en la práctica, prepagar sus propias pérdidas más los costos y utilidad de la aseguradora. Para eso existe el deducible: es la porción de riesgo que usted decide retener conscientemente. Subir el deducible en los riesgos que puede pagar de su bolsillo no es desprotegerse. Es dejar de pagar por transferir algo que usted mismo puede cargar. De esta forma la prima baja y se optimiza el precio del seguro (la prima).
El peligro real está en el otro extremo, y en Venezuela es silencioso. Es la subtransferencia del riesgo catastrófico : la suma asegurada que quedó corta. Hay inflación en costos médicos y de reposición. En ese entorno, una cobertura contratada hace dos años puede haberse vuelto insuficiente sin que se note. Los reclamos del doble terremoto de junio lo están poniendo a la vista: sumas aseguradas que no alcanzan para reponer lo dañado y, con ellas, la regla proporcional, que reduce la indemnización en la misma medida en que el bien se aseguró por debajo de su valor real de reposición. El ahorro en la prima es ilusorio si, llegado el siniestro grande, la póliza responde por una fracción y usted asume la diferencia. Eso no es tener seguro: es tener la sensación de seguro, que es peor, porque desactiva la alarma.
Y aquí aparece la variable que no se considera cuando se comparan cotizaciones: la solvencia de la contraparte. Un instrumento financiero vale lo que vale quien está obligado a pagarlo. Una prima baja de una aseguradora que no podrá responder ante un evento mayor no es una ganga; es un instrumento defectuoso. En riesgos grandes quien paga de verdad no es solo la aseguradora local, sino también los reaseguradores detrás de ella. La pregunta financiera correcta no es cuál cobra menos . Es cuál, con su respaldo de reaseguro incluido, tiene la capacidad real de honrar el contrato el día que le toque pagar.
La decisión de asegurar es, en el fondo, una decisión de asignación de capital.
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