La sombra histórica del Kremlin, por Samuel J. Pérez Hermida
Creo que uno de mis compadres y yo podríamos ser un buen ejemplo de que, pese a todo, la reconciliación de Venezuela tal vez sea posible algún día.
Luego de haber transitado juntos el camino de las luchas estudiantiles universitarias, las fracasadas intentonas golpistas de 1992 y el posterior ascenso al poder del chavismo determinaron que nuestras posiciones políticas se fueran haciendo cada vez más antagónicas.
Sin embargo, el estar en aceras diferentes durante todos estos años no ha impedido que nuestra fraternal amistad no solo se haya mantenido, sino que con el paso del tiempo siga acrecentándose. ¿Si nosotros hemos podido surfear las embravecidas olas de nuestras aparentemente insalvables diferencias, por qué no podrían hacerlo todos los venezolanos? Por estos días, en uno de nuestros permanentes contactos por WhatsApp, el compadre me reenvió un texto anónimo que hace loas a Rusia, señalando una larga lista de crímenes contra la humanidad cometidos por los Estados Unidos y diciendo «esto no lo hizo Rusia».
Al final, el texto de marras termina afirmando que Vladimir Putin es un tipazo tan chévere que frente a él hasta el mismísimo José Gregorio Hernández podría lucir como un malvado.
Como tal texto ya me pareció como mucho con demasiado, y a sabiendas que mi compadre me quiere tanto que no se pela nunca los artículos que generosamente me publica Tal Cual , esta semana me animé a contar algunas cositas sobre la historia de Rusia, así que allí les va.
A lo largo de más de un siglo, Moscú ha proyectado su poder mediante dos fuerzas que operan en perfecta sintonía, su aparato militar y la asfixia implacable de la disidencia doméstica.
Desde la fundación de la Unión Soviética hasta la consolidación del régimen de Vladimir Putin, la ambición por sostener o reconstruir una esfera de dominio imperialista ha dejado una estela devastadora de violencia.
Lo que en el siglo XX se justificó bajo la doctrina del comunismo internacional, supuestamente para defender a los trabajadores del mundo de la explotación del hombre por el hombre, hoy se ampara en un neonacionalismo euroasiático.
Ambas versiones han mantenido intacta la regla histórica de la subordinación total de la vida humana a los intereses del Estado, heredada del antiguo pasado zarista.
La era soviética, entre 1917 y 1991, perfeccionó el ejercicio de la guerra en dos frentes simultáneos.
Hacia afuera, el Ejército Rojo y la diplomacia de las armas extendieron su influencia aplastando revueltas populares en Hungría (1956) y Checoslovaquia (1968), invadiendo Finlandia y Polonia en los albores de la Segunda Guerra Mundial, y desatando en Afganistán un conflicto que, entre 1979 y 1989 costó la vida a más de un millón de civiles y combatientes afganos.
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