Antonio Ledezma: Hacia el futuro
Venezuela se encuentra ante la encrucijada más profunda de su historia republicana.
No es solo un dilema de matrices económicas o de reajustes institucionales; es un desafío de carácter espiritual y existencial.
Para salvar a la nación de las garras de la tiranía que la viene oprimiendo, primero debemos rescatarla del letargo histórico en el que algunos pretenden encadenarla.
El porvenir no se hereda ni se copia del ayer: el porvenir se conquista marchando con paso firme hacia la modernidad.
Nuestra patria no puede resignarse a convertirse en Comala, ese pueblo espectral que la genialidad de Juan Rulfo retrató como el reino absoluto de la desolación.
Vivir atrapados en el retrovisor de la historia, suspendidos entre el encono justificado hacia los verdugos y la nostalgia paralizante de “la Venezuela de antes”, es condenar a nuestra sociedad a un exilio interior.
Al igual que Juan Preciado, quien cruzó llanos áridos buscando la sombra idealizada de un padre que terminó siendo un déspota absoluto, muchos venezolanos corren el riesgo de buscar soluciones milagreras invocando las viejas fórmulas o los viejos caudillos que abrieron las compuertas del desastre.
Comala está habitada por fantasmas que no descansan porque viven rumiando sus viejas quejas.
No permitamos que nuestro debate público sea un coro de murmullos inertes.
Los pueblos que solo miran al pasado terminan habitándolo, convirtiéndose en sombras que hablan solas en la oscuridad.
El pasado debe ser escuela cívica, nunca un ancla; debe ser el aldabonazo que nos alerte contra los abismos del populismo, pero jamás la celda que clausure los sueños de redención de nuestros hijos.
Esta tendencia a la provisionalidad no es nueva.
Ya nos lo advertía Adriano González León en las páginas memorables de País Portátil .
Durante décadas, Venezuela ha sido tratada por muchos como una nación de paso, una maleta a medio hacer, un territorio de riquezas súbitas donde todo se improvisa y nada echa raíces profundas.
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