La humanidad no acaba de entender
A través de los siglos, la humanidad ha logrado progresos científicos extraordinarios.
Hemos aprendido a combatir enfermedades, a comunicarnos instantáneamente de un extremo al otro del planeta, a explorar el espacio y a penetrar los secretos más íntimos de la materia.
Sin embargo, seguimos siendo sorprendentemente primitivos en algo mucho más antiguo: la manera en que aceptamos que nos gobiernen.
Todavía hoy existen gobernantes que se parecen más a Calígula que a Pericles.
Confunden gobernar con mandar y el poder con el derecho a disponer de los demás a su antojo.
Para Pericles, al menos en el ideal que la historia nos ha transmitido, la grandeza del gobernante estaba vinculada a la grandeza de la ciudad.
Para Calígula, el poder terminó convirtiéndose en una extensión de su propia voluntad.
Dos mil años después, la diferencia sigue siendo pertinente.
Hay gobernantes contemporáneos que parecen concebir el Estado como una prolongación de sí mismos.
Lo utilizan para satisfacer ambiciones personales, alimentar delirios de grandeza, acumular riquezas o perpetuarse en el poder.
El bien común, que debería justificar toda autoridad política, termina convertido en una expresión vacía.
Pero quizás el problema más inquietante no sean solamente quienes gobiernan de esa manera.
Es que las sociedades siguen permitiéndolo. ¿Por qué toleramos lo que en cualquier otro ámbito de la vida rechazaríamos sin dudar? Quizás porque el poder que se desborda no lo hace de un día para otro, sino en pequeñas dosis sucesivas, cada una lo bastante leve como para no justificar, por sí sola, una reacción.
Nos acostumbramos antes de darnos cuenta de que nos estamos acostumbrando.
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