¿Y si, en lugar de ser mi propio jefe, fuera mi propio empleado?
Una de las frases más repetidas por quienes dejan una empresa para iniciar una actividad independiente es: “Ahora soy mi propio jefe”.
La expresión transmite libertad.
No hay horarios impuestos, pedidos de autorización, evaluaciones de desempeño ni decisiones tomadas por otros.
Uno puede elegir cómo organizar su tiempo, con quién trabajar y qué proyectos aceptar.
Pero esa libertad también puede esconder una dificultad.
Al convertirse en su propio jefe, uno puede terminar ejerciendo ese rol con una indulgencia que difícilmente admitiría en una organización ajena.
Tolera sus propios incumplimientos.
Posterga decisiones.
Cambia prioridades según el estado de ánimo.
Confunde flexibilidad con falta de método.
Acepta explicaciones que probablemente no consideraría suficientes si provinieran de un colaborador.
Quizás convenga invertir la frase.
En lugar de decir “soy mi propio jefe”, podríamos probar con otra definición: “soy mi propio empleado”.
El cambio parece pequeño, pero produce consecuencias concretas.
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