Elogio del otoño sevillano
El otoño en Sevilla es algo más que un periodo de transición, es la luz dorada saliendo por la puerta grande y es también un estallido de religiosidad popular pregonando nuevos días con cuentas de rosarios y cantos de campanilleros entre penumbras del amanecer.
Llega el tiempo de las castañas y de las humeantes chimeneas proyectando hacia lo alto el incienso de una nueva estación.
Viene un tiempo de mañanas tempranas que bostezan y se desperezan en plena oscuridad.
Entramos en un periodo donde la ciudad vuelve a reencontrase con sus ritos de siempre.
Viene igualmente la urbe, cual cruz de guía, caminando lenta hacia el día de Todos los Santos, dispuesta a reencontrarse con el recuerdo de tantos fieles difuntos, que vuelven a ser homenajeados con cientos de flores que marcan el renacer a esa nueva vida que nos espera en lo alto, de la misma manera que el crucificado susillesco, con sus brazos abiertos.
Llega el otoño propagando su melancolía con la luz dorada de las primeras horas de la tarde.
Esa luz que dibuja siluetas áureas en las calles y que, recortando sombras efímeras entre muros conventuales de cal, va marcando, cual reloj de sol, el paso lento de unas horas que invitan al recogimiento íntimo del hogar, cuando esa misma luz se recoja pronto para irse dormir, recostándose despacio en el horizonte.
Momento entonces de entonar un réquiem por la luz perdida, pero también por tantas pérdidas de identidad en las que está sumida la ciudad.Emerge ahora el otoño de una Sevilla que no se ve.
Una estación en la que los conventos cobran un protagonismo especial, anticipando esos dulces de Todos los Santos, que con sus huesos inquebrantables se resisten a dar la alternativa a recientes formas de expresión popular que tienen más de truco que de trato.
Octubre y noviembre, sobre todo, son auténticos guardianes de la cadencia frente a la ciudad de las prisas.
Frente al vértigo del verano, el otoño marca, entre otras cosas, el regreso de la Sevilla intelectual, renaciendo con él la vida cultural en foros académicos, espacios culturales como el Excmo.
Ateneo, el Real Círculo de Labradores, el Círculo Mercantil e Industrial o tertulias literarias, poéticas y cofrades.
Renace, también, el gusto por la lectura íntima y evocadora que nos llevan a los textos de Antonio Burgos, Rogelio Reyes, García Barbeito, Paco Robles o Paco Gallardo.
Con el otoño descubrimos igualmente la Sevilla costumbrista con su luz encantadora, la luz tornasolada que cambia de intensidad, la luz que, abandonando la agresividad estival, adopta ahora un tono dorado para cincelar de belleza las piedras de la Catedral, las plazas del Museo y San Andrés o los muros de la Alcazaba.
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