Antonio de la Torre, actor: "Lo digo siempre con la boca pequeña, porque soy un hombre, pero honestamente creo que 'Sacamantecas' es una película feminista"
Con más de tres décadas de trayectoria, Antonio de la Torre ha construido una extensa filmografía que incluye títulos como ‘Volver’, ‘La isla mínima’, ‘Tarde para la ira’, ‘La trinchera infinita’ y ‘Que Dios nos perdone’. Ganador de dos Premios Goya (por ‘AzulOscuroCasiNegro’ y ‘El reino’) y con quince nominaciones a estos galardones, el actor malagueño llega al Festival de San Sebastián con uno de los personajes más complejos de su carrera. En ‘Sacamantecas’, el thriller de David Pérez Sañudo, interpreta a Juan Díaz de Garayo, un campesino analfabeto convertido en leyenda de la crónica negra española. Ambientada en la Álava de finales del siglo XIX, durante los últimos compases de la Tercera Guerra Carlista, la película sigue también la búsqueda de justicia de Ángela, la mujer interpretada por Patricia López Arnaiz. Hablamos con De la Torre sobre la construcción de un personaje real, violento e inescrutable.
Al interpretar a una figura real convertida en un mito de nuestra crónica negra, ¿te interesaba acercarte más al hombre o a la leyenda?
Yo creo que al hombre. La leyenda también tiene que ver con mi visión de los personajes, pero a mí me parece más interesante y enriquecedor tratar de entender el contexto en el que vivía ese hombre. Es imposible meterse en su cabeza porque murió hace 150 años, pero sí se puede buscar un acercamiento lo más realista posible al contexto en el que vivía, dadas sus circunstancias: era analfabeto y estaba rodeado de un clima bélico. Me interesaba entender que, en ese contexto, la violencia pudiera convertirse en una opción. Me parecía más interesante eso que convertirlo en un monstruo.
Una de las cosas que más miedo da de tu personaje es que nunca sabemos cómo va a reaccionar. ¿Fue más difícil en lo psicológico o en lo físico?
Me alegra mucho que me hagas esa pregunta, y que menciones lo físico, porque era justo la idea que teníamos y de lo que hablaba con el director. No sabíamos exactamente cómo podía pensar ese hombre, pero, más que acercarnos a la leyenda, queríamos acercarnos al personaje. Y lo que sí teníamos claro era lo que no debíamos hacer. Una cosa que me parecía clave era que el espectador nunca supiera qué le estaba pasando por la cabeza, que fuera alguien inescrutable. Entre otras cosas, me parece una conclusión lógica tratándose de alguien que se está escondiendo, de un asesino, de alguien que sabe que está haciendo algo que no está bien, que está proscrito. Había una serie de variables que nos invitaban a construir un personaje que hablara poco. En un entorno euskaldún, al parecer él solo era castellanohablante y no tenía cultura. Todas esas circunstancias nos llevaron también a hacer un trabajo físico, a expresarnos con el cuerpo. Como actor, inconscientemente cuando no tienes la palabra, terminas recurriendo a lo físico como mecanismo de expresión. Me encanta que te pase eso, porque la idea era precisamente esa. Recuerdo que David y yo lo hablábamos mucho y decíamos: “Tenemos que conseguir que no sepas qué coño le está pasando por la cabeza a este tío. Tenemos que conseguir que el espectador se pregunte: ‘¿Qué coño está pensando ahora?’”.
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