Pisado pero imprescindible: cómo el felpudo cambió nuestra forma de vivir la casa
El felpudo es, probablemente, el objeto más humillado de la casa.
Lo pisamos, lo sacudimos, lo ignoramos.
Está condenado a vivir en el umbral, ni dentro ni fuera, como un guardián silencioso cuya única misión es recoger la suciedad ajena.
Y, sin embargo, pocas invenciones cotidianas dicen tanto sobre nosotros como este discreto rectángulo de fibras ásperas.
Para entender el origen del felpudo hay que retroceder mucho más de lo que cabría esperar.
La preocupación por la limpieza del hogar no es, ni mucho menos, una obsesión moderna.
En la antigua Mesopotamia ya existían espacios de transición entre el exterior y el interior de las viviendas donde se dejaban sandalias o se limpiaban los pies.
En Egipto, donde el polvo del desierto era omnipresente, las casas más acomodadas contaban con zonas destinadas a sacudirse la arena antes de entrar.La fibra de coco marcó la diferenciaSin embargo, el concepto de un objeto específico diseñado para limpiar la suciedad de las suelas no aparece de forma clara hasta mucho más tarde.
Durante siglos, la solución fue sencilla: piedras, rejillas rudimentarias o incluso haces de ramas colocadas en la entrada.
La lógica era elemental: raspar, desprender, evitar que el barro o el polvo invadieran el interior.En la Europa medieval, especialmente en las ciudades, el problema era aún más acuciante.
Las calles eran auténticos lodazales donde se mezclaban tierra, restos orgánicos y desechos.
Entrar en casa sin arrastrar medio barrio en los zapatos era casi una utopía.
Algunas viviendas comenzaron a incorporar barras metálicas o estructuras de hierro en la entrada para raspar las suelas.
Eran eficaces, pero poco amables con el calzado y, desde luego, no invitaban a un gesto cómodo.El gran salto llegó con la introducción de materiales textiles resistentes y, sobre todo, con el auge de la fibra de coco en el siglo XIX.
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