La muerte de Maricarmen será en vano
Llega un momento triste en el que la rabia transformadora se convierte en cinismo militante: los brazos caen al suelo y todo la masticable, lo alcanzable, lo que emanaba de nuestro entorno y servía para nutrirnos se convierte en el chicle baboso que nos ata los pies al polvo; algunos recordarán ese sentimiento de cuando eran críos y les ponían frente a sus ojos un examen para el que no habían estudiado y que encaraban con un garbo desquiciado, kamikaze, que poco a poco, enunciado inteligible a enunciado inteligible les agotaba y les transmutaba en una inexacta masa triste aún más descargada de energías que al principio.
Lo que nos agota no son las acciones, sino las decepciones; lo que nos convierte en masa cretina y torpe es ver deshacerse nuestro propósito como el hielo de un cubata, en la pila sucia de una cocina, a ultimísima hora de la fiesta.
El miércoles falleció Maricarmen.
Es lo que pasa cuando echas a una señora de su casa en las orillas de su nonagenario aniversario; es lo que ocurre cuando la cuartelería policial de un estado cede ante la repugnancia insaciable de la propiedad y decide traicionar la ley innata que exige respeto a nuestros iguales para contentar a la cancerosa actividad improductiva que es el rentismo pequeño, mediano y grande que trincha como un pavo este país.
Que la gente se rompe, se quiebra, se muere; la gente desaparece mientras los otros, los del colmillo, a las pocas horas vuelven a jugar a los triles con sus bienes raíces sin recibir un solo escarmiento.
Es curioso, pero las leyes consideran justo esto que ha pasado; es curioso, pero el peligroso soy yo por no creer en las citadas leyes.
Si el desahucio de Maricarmen sirvió como un detonante de esperanza para intentar arreglar desde las calles el que según el CIS es el primer problema de los españoles, y el devaneo auscultativo del todavía partido gobernante reforzó las energías al mostrarse dispuesto a flexionar las rodillas y mostrar algo de voluntad, la muerte de Maricarmen y la incineración definitiva de cualquier proyecto legislativo serio han convertido las acampadas españolas en una masa de cinismo triste que resiste porque hay que resistir, porque ya se le ha doblado la pata al gobierno y hay que seguir adelante, aunque no se sepa bien por qué.
Solo hace falta pasear diez minutos por el interior de la de Sol y comprobar que las facciones que aguantan lo hacen por levantar un horizonte político a largo plazo que poco tiene que ver con la emergencia habitacional que los movilizó los primeros días.
Jamás lo reconocerán, pero no tienen esperanzas; no al menos siguiendo estas reglas del juego.
Por eso, ahora mismo la muerte de Maricarmen ha sido en vano.
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