El Sol devoró un planeta diez veces más masivo que la Tierra y ahora podemos demostrarlo
El Sol, nuestro Sol, podría haberse tragado en su infancia un planeta rocoso varias veces más masivo que la Tierra.
Sabemos bien que hace unos 4.500 millones de años, nuestro Sistema Solar no era el vecindario ordenado y tranquilo que hoy conocemos, sino un disco caótico de gas y polvo , un violento torbellino de materia donde los mundos en formación luchaban por su supervivencia.
En ese entorno hostil, un gigantesco planeta rocoso, empujado por las fuerzas gravitatorias de ese disco protoplanetario, comenzó una espiral mortal hacia el interior.
Cruzó la órbita de lo que hoy es Mercurio, resistió el infierno abrasador de las capas externas de nuestra estrella joven y, finalmente, se hundió en sus oscuras profundidades, donde fue disuelto para siempre.La sospecha de que algo así sucedió realmente existe desde hace por lo menos una década , cuando la escasez de 'supertierras' en nuestro Sistema Solar (planetas muy comunes en el resto del Universo) llevó a los astrofísicos a postular que algunos de estos mundos primigenios pudieron formarse y luego precipitarse hacia el Sol.
Las pruebas de esa 'merienda' (en forma de trazas de distintos elementos químicos), podrían existir en lo más profundo del astro rey, pero hasta la fecha ha resultado difícil encontrarlas.
Y ahora, un equipo de investigadores de la Universidad de Ege, en Turquía, bajo la dirección del profesor Mutlu Yildiz, acaba de indicar el modo de hacerlo.En un artículo recién publicado en 'Monthly Notices of the Royal Astronomical Society', Yildiz y sus colegas explican, en efecto, que el impacto del joven planeta contra el Sol fue tan tremendo que alteró para siempre la estructura interna de la estrella, y que ese mundo, al fundirse, dejó rastros medibles que han sobrevivido hasta nuestros días.Las anomalías que no encajabanDurante muchos años, los físicos solares se han enfrentado a un rompecabezas irritante.
Porque los modelos matemáticos estándar, aquellos que dictan cómo debería evolucionar una estrella como la nuestra, no terminan de encajar con lo que realmente observamos.El problema surge de la heliosismología, una disciplina que estudia cómo las ondas sonoras viajan a través del Sol.
Para entenderlo, podemos comparar el Sol con una campana gigante.
Cuando una campana suena, el tono y la vibración nos dicen de qué material está hecha y si tiene defectos internos.
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