La factura del tiempo y el bono del Tesoro a 30 años
El bono del Tesoro estadounidense a treinta años ha superado esta semana el 5,3%, su mayor rendimiento desde 2007 .
La coincidencia invita a evocar las ocasiones anteriores en que ocurrió y las crisis que se produjeron.
Pero 2026 no es 2008.
Entonces el riesgo estaba escondido en los balances bancarios.
Ahora está a la vista de todos, en los balances de los Estados.El movimiento tampoco es exclusivamente americano.
Alemania ha llevado su deuda a diez años a niveles desconocidos desde 2011; Francia se mueve en cotas no vistas desde la crisis financiera; Japón paga por financiarse a largo plazo lo que no pagaba desde hace tres décadas y el Reino Unido vuelve a convivir con rendimientos extraordinariamente elevados.
No parece un hecho aislado localizado.
Es, como han recogido algunos analistas, una repreciación global de la duración y, especialmente, del riesgo de prestar durante décadas a gobiernos muy endeudados .Ahí está la diferencia esencial con 2008.
Entonces había una crisis de liquidez alimentada por activos hipotecarios opacos, apalancamiento y desconfianza entre bancos.
Hoy el sistema financiero está mejor capitalizado y el riesgo se ha desplazado a los gobiernos.
Estados Unidos afronta una deuda federal próxima a los 40 billones de dólares, déficits persistentes y unos costes financieros crecientes.
Cuando sube especialmente el tramo largo de la curva, el mercado no está discutiendo únicamente qué hará la Reserva Federal.
Está poniendo precio a cómo serán las cuentas públicas en 20 o 30 años.El anuncio realizado por el Tesoro el miércoles resulta, en este sentido, especialmente revelador.
Washington duplicará, de 2.000 a 4.000 millones de dólares por operación, sus recompras destinadas a proporcionar liquidez a los bonos con vencimientos entre diez y treinta años.
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