Trump prefiere inflación a altos tipos de interés
Hace unos días, el Tesoro de los Estados Unidos anunció una operación financiera tan peculiar como reveladora: entre el 9 de septiembre y el 4 de noviembre duplicará como mínimo sus recompras de deuda a largo plazo mediante la emisión de nueva deuda a corto plazo.
La lógica es sencilla: las letras a un año le cuestan al Tesoro alrededor de un 4% anual, mientras que los bonos a 30 años rinden más de un 5,2%.
El secretario del Tesoro, Scott Bessent, pretende reemplazar deuda cara por deuda barata y, de paso, frenar la escalada de los tipos de interés a largo plazo, que se han disparado en casi todo el mundo y que amenazan las finanzas de los gobiernos sobreendeudados.La operación podrá parecer minúscula (80.000 millones de dólares frente a una deuda total de 40 billones) y desde luego sus efectos han durado poco: los tipos a 30 años cayeron unas dos décimas tras el anuncio y, en los días posteriores, ya han recuperado casi todo el terreno perdido.
Pero su importancia no reside en su tamaño, sino en el rumbo que marca: el 'establishment' estadounidense manda el mensaje de estar dispuesto a intervenir en los mercados para abaratar su deuda antes que a recortar el gasto público.Y ese tipo de intervención no sale gratis.
Cuanto más pese la deuda a corto plazo sobre el total (a día de hoy ya es el 45%, frente al 37% de 2014), más deuda deberá refinanciar el Tesoro cada año y más dependerá de los tipos de interés que fije la Reserva Federal, pues el banco central influye poco sobre el coste de la deuda a largo plazo pero sí, y mucho, sobre el de la deuda a corto.
Esa dependencia sólo deja de ser un problema para el Tesoro si la Fed renuncia a su independencia: si, ya sea por presiones de la Casa Blanca, ya sea por un mal entendido patriotismo, mantiene los tipos artificialmente bajos para que el Estado se financie barato, aunque ello suponga renunciar a controlar la inflación.
Ahí reside justamente el problema: el incentivo de cualquier gobierno sobreendeudado a corto plazo es el de someter al banco central para que tope los tipos de interés a corto plazo, aun desatendiendo su compromiso con la inflación.Los mercados lo entendieron a la primera: tras el anuncio, el dólar se depreció frente al euro, el oro saltó de 4.300 a 4.500 dólares la onza y bitcoin subió de 64.000 a 78.000 dólares.
Este tipo de medidas les hacen perder su confianza en el billete verde.
No es para menos: cuando un Estado muy endeudado se niega a apretarse el cinturón, el camino fácil consiste en degradar el valor de su moneda.
La inflación que de ahí resulta no es más que un impuesto encubierto sobre el conjunto de la ciudadanía: el Estado diluye el valor de sus ahorros para poder gastar más a costa de que el resto gasten menos.
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