La última revolución de Mao
Casi todos los estudiosos coinciden en que la llamada Gran Revolución Cultural Proletaria –título panfletario donde los haya– comenzó formalmente el 16 de mayo de 1966 , con una Circular del Comité Central del Partido Comunista de China donde este hacía público un hallazgo que a su más pura militancia le resultó espeluznante: el partido, las estructuras de gobierno e incluso el ejército habían sido infiltrados por “elementos burgueses” y “revisionistas”.
Días después, el primero de junio, de acuerdo con Frank Dikötter, quien ha escrito una de las mejores historias sobre el tema ( La Revolución Cultural: Una historia popular (1962-1976) , Acantilado, 2025), "un editorial incendiario escrito por Chen Boda y publicado en el Renmin Ribao [órgano oficial del Comité Central del Partido Comunista] animaba a la población a '¡Barrer a todos los monstruos y demonios!'.
Así se consagraba oficialmente la Revolución Cultural .
Se animaba al pueblo a acabar con los representantes de la burguesía, que trataban de 'engañar, embaucar y paralizar al pueblo trabajador con el objetivo de consolidar su poder reaccionario en el Estado'.
El editorial atacaba específicamente a los 'especialistas burgueses', "autoridades académicas" y "venerables maestros" que se habían atrincherado en "posiciones ideológicas y culturales.” Sin embargo, desde la perspectiva simbólica resultó aún más importante que a mediados de julio el Gran Timonel , Mao Zedong , decidiera sorprender a todos cruzando a nado el río Yangtsé, en la provincia de Wuhan.
De acuerdo con la prensa partidista el septuagenario líder nadó 15 kilómetros, pero una crónica de The Times señala que Mao (provecto líder lleno de mañas), aprovechó la fuerte corriente del río y flotó de espaldas o de costado la mayor parte del tiempo, nadando, como se dice popularmente, “de muertito”.
El efecto propagandístico fue inmediato.
Mao mostró no sólo vigor físico, sino que consiguió salir abiertamente de la suerte de “congeladora” en que había estado los últimos años a raíz del rotundo fracaso del “Gran Salto Adelante”, la política de industrialización acelerada que entre 1958 y 1962 impuso una implacable colectivización de obvia inspiración estalinista.
Aunque la propaganda oficial dijo lo contrario –exaltando ficticias “cosechas récord”– el plan resultó una terrorífica catástrofe: la peor hambruna provocada por el hombre en la historia contemporánea, que se cobró la vida de entre 30 y 45 millones de chinos (las cifras nunca se conocerán sin la colaboración del régimen comunista, para el que este tema, como el de la Revolución Cultural, siguen estando prohibidos).
Así que al término de este genocida ensayo para alcanzar el paraíso comunista, Mao vivía sus horas más bajas.
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