Rocha Moya: ¿disonancia o descomposición?
Sobra decir que estamos ante un proceso de descomposición institucional.
Al parecer, las decisiones personales o de grupos se sobreponen a las responsabilidades públicas, a las reglas y a la constitucionalidad, entendida en su sentido más elemental: el acuerdo que hace posible la convivencia social.
Es la consecuencia de la concentración del poder y de la erosión de los contrapesos.
Su ausencia confirma para qué servían; sin ellos, los caprichos facciosos se imponen y la política termina sometida a la ley del más fuerte.
Más allá de los señalamientos e investigaciones que se han hecho públicos sobre presuntas alianzas construidas por López Obrador para alcanzar y ejercer el poder —sin exonerar de responsabilidades a los gobiernos de la transición democrática—, la pregunta inmediata es otra. ¿Quién detonó este último episodio? ¿La presidenta fue informada o se encontró frente a un hecho consumado, como ella misma lo confesó? No es menor lo sucedido este fin de semana: Rubén Rocha Moya regresó a la gubernatura de Sinaloa después de 112 días de licencia y, unas 34 horas más tarde, volvió a solicitar separarse del cargo.
El aparato político se movilizó de inmediato para cerrar filas en torno a la presidenta.
Y los llamados a cerrar filas suelen aparecer cuando las filas ya se han abierto.
Es difícil recordar, en casi ocho años de la 4T, un episodio semejante, gobernadores, la dirigencia de Morena, Gobernación y el liderazgo de la Cámara de Diputados reaccionando, ipso facto, frente a una decisión tomada por uno de los suyos.
López Obrador fue proclive a llamar a la unidad y exhibirla, pero solía hacerlo anticipándose a los acontecimientos.
Las decisiones al margen del centro de poder eran inadmisibles y recibían, cuando menos, la distancia del caudillo.
Las preguntas se acumulan. ¿Hasta dónde llega la indisciplina? ¿Se trata de una decisión “personalísima”, como se ha querido presentar desde el oficialismo, o expresa una disputa más amplia que alcanza al propio fundador del movimiento? ¿López Obrador está agraviado por lo ocurrido con su hijo, por el avance de los sectores moderados o por la creciente cooperación con Estados Unidos? Hasta el cierre de estas líneas no se ha pronunciado.
Si esta interpretación fuera correcta, estaríamos ante el momento en que Claudia Sheinbaum decide ser la presidenta de la República.
He sostenido que difícilmente lo haría porque necesitaba a López Obrador para conservar disciplina dentro de sus filas.
Hoy concedo el beneficio de la duda, aunque con un matiz indispensable: no estaríamos ante una ruptura ideológica, sino ante una disputa por el liderazgo de un mismo proyecto, en un contexto internacional que obliga a Sheinbaum a un pragmatismo que incomoda a los sectores más duros del obradorismo.
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