La política climática es la nueva política industrial
“Toda política económica es también política climática”, ha señalado Rhiana Gunn-Wright, una de las arquitectas del Green New Deal en Estados Unidos.
En Querétaro, esa afirmación empieza a adquirir un significado muy concreto.
El estado busca consolidarse como uno de los grandes centros de datos de América Latina, y grandes empresas tecnológicas han apostado por él como nodo de la infraestructura que sostiene la nube y, crecientemente, la inteligencia artificial.
Las proyecciones anticipan más de 1.5 gigawatts adicionales de capacidad en los próximos años.
Sin embargo, detrás del auge tecnológico emerge una pregunta mucho menos futurista y cada vez más política: ¿de dónde saldrán el agua y la electricidad necesarias para sostener ese crecimiento? La nube, después de todo, también necesita agua, electricidad, tierra y cemento.
Durante décadas tratamos al cambio climático como una agenda fundamentalmente ambiental, asociada con emisiones, conservación y negociaciones internacionales.
Ese marco se quedó pequeño.
La disponibilidad de agua determina dónde puede crecer un corredor industrial, la capacidad eléctrica condiciona dónde puede instalarse un centro de datos, una inundación modifica el costo de asegurar una fábrica, y la cantidad de carbono incorporada en un producto comienza a influir en las condiciones bajo las cuales puede venderse en otros mercados.
La política climática es también política industrial.
En México, esta discusión coincide con la oportunidad de aprovechar la relocalización de cadenas de suministro para impulsar una nueva etapa de industrialización.
Durante mucho tiempo, la fórmula para atraer inversión fue relativamente conocida, mano de obra competitiva, infraestructura, certidumbre jurídica, tratados comerciales y proximidad con Estados Unidos.
Hoy, una empresa que evalúa dónde colocar una inversión intensiva en capital necesita saber si tendrá electricidad suficiente durante las próximas décadas, cuánto de esa electricidad podrá provenir de fuentes limpias, si tendrá acceso sostenible al agua y qué tan expuesta estará su infraestructura a sequías, inundaciones, huracanes o temperaturas extremas.
Los países competirán no sólo por costos, infraestructura y acceso a mercados, sino también por energía limpia, agua y cadenas resilientes.
Para México, separar la política industrial de la energética y climática será cada vez más difícil.
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