José Gato Briceño: Fuerzas armadas venezolanas, en deuda con la historia
Dejemos de dar vueltas y hacer análisis extraordinarios, porque la mayor parte del peso de la desgracia en nuestra patria tan golpeada en esta larguisima y pésima racha de casi 3 décadas, está en los hombros y corazones de las Fuerzas Armadas venezolanas.
No creo que haya habido en ninguna generación militar, desde que existe el ejército en nuestro historia, tanta deshonra, vergüenza y dolor como la que produce la bajeza y pérdida de valores de estos nefastos pilares de la dictadura instaurada por el traidor mayor, hoy felizmente difunto y su plaga heredera Nuestros símbolos y referencias institucionales deberían ser el apoyo cívico, el orgullo patrio: Una bandera, una constitución, una institución que represente el orden y la protección.
Cuando esa institución falla, cuando la que debía ser el último escudo se convierte en parte del problema, el daño que produce va mucho más allá de lo político o lo económico: toca la identidad, la confianza y la dignidad de una nación entera.
Venezuela vivió esa traición en carne propia durante décadas.
Vió cómo quienes portaban el uniforme de la república fueron cediendo, primero la independencia, luego la neutralidad, luego la decencia y finalmente hasta la vergüenza.
Lo hicieron gradualmente, cómodamente, convenciéndose de que el poder los protegería para siempre y de que la historia tiene mala memoria.
Una vez que se consolide el colapso definitivo del chavismo y muy pronto por lo que se ve, es imperante una revisión sin contemplaciones a las Fuerzas Armadas, uno de los países que me ha dado acogida durante este exilio, Costa Rica, por ejemplo, hace 77 años después de haber pasado por dictadura y guerra civil, abolió su ejército para proteger a los gobiernos civiles, cambiar balas por libros: el dinero de las armas se invirtió en escuelas, hospitales y cultura; además y más importante, pasar a ser un país pacifista que defiende su soberanía con leyes y diplomacia, no con guerra.
En su inmensa mayoría, los militares venezolanos pasaron de proteger la soberanía y la democracia a actuar como vulgares fanáticos y militantes de partido.
La complicidad no fue exclusividad del alto mando: casi todos los rangos convirtieron alcabalas, aduanas, puertos y aeropuertos en cajas chicas personales, disfrazando el crimen financiero y la extorsión con un uniforme verde oliva.
Es una ironía casi poética ver la metamorfosis del soldado patriota.
Ayer vociferaban consignas antiimperialistas con el puño en alto, hoy se pasean por Miami y Madrid como distinguidos hombres de negocios, manejando concesionarios, consorcios inmobiliarias y restaurantes pagados con el hambre de Venezuela.
Es el milagro económico de la revolución: entrar al cuartel sin un centavo y salir convertido en magnate internacional.
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