Ciudadanía y urbanidad anudadas por la cultura
Una seria advertencia, en el inicio de esta reflexión, que quizás abone un poco para dirimir un interesante tópico que por encontrarnos subsumidos en el mismo no nos percatamos de su existencia.
Entendamos de una vez por todas que la ciudadanía no está hecha.
Insistamos en dar a conocer que la ciudadanía no se compra en paquete cerrado.
La ciudadanía no es un adminículo de moda para uso eventual y luego desechar a capricho.
A la ciudadanía hay que estarla haciendo a cada instante; y por más que ejerzamos tal condición ella no se agota; al contrario, se ensancha.
La práctica de la ciudadanía “vive” en un constante devenir: siendo y haciéndose. ¿Dónde encontrar, aunque sea un pedazo aprovechable de ciudadanía? Puede llegar a preguntarse alguien.
Ella aflora en múltiples ámbitos, responderemos.
Allí, exactamente donde los seres humanos hacemos factibles nuestras existencias.
Digamos, en la familia en su más amplia acepción (en su “tribu” como diría Maffesoli), en la escuela, la calle, en las iglesias en sus distintas confesiones, en los espacios laborales.
Además (con no menos influencia) desde, con y a través de los medios de comunicación; en la espontánea socialidad que nace en el transporte público; en fin, en la agregación vivencial.
Hay elementos que sirven de vectores expeditos para que la asociatividad de los seres humanos se produzca.
Muchos factores gravitan sobre nosotros con la intención de que nos comunalicemos.
Tal vez coincidamos (ya lo hemos dicho en variadas ocasiones) que la cultura constituye el factor más importante (que asume la condición necesaria y suficiente) que nos vincula como sociedad.
Luce válido admitir que comunidad, sociedad y cultura crean un tejido indisoluble.
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