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Resistir en la costa, por Nelson Oyarzábal P.

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Resistir en la costa, por Nelson Oyarzábal P.

X: @neloyarz11gmai1 Transcurrido cierto tiempo desde que el rugido telúrico fracturara la calma del litoral, pero el rastro de la catástrofe permanece suspendido en el aire como una exhalación amarga.

Al descender desde Caracas, serpenteando las laderas que conducen hacia el mar, la atmósfera se espesa con una pesadumbre que se adhiere a la piel.

Nuestra mirada, curtida ya por el relato del desastre, se quiebra inevitablemente al atravesar los escombros de Caribe, Los Corales, Caraballeda y Tanaguarena.

Allí, la vista se torna borrosa, extraviada entre las ruinas de lo que fue y los vericuetos polvorientos de una vía que parece no conducir a ninguna parte.

El paisaje es una estampa de parálisis.

A los lados del camino, la desolación cobra forma humana en las hileras interminables de vecinos que aguardan por un plato de comida.

El trayecto, marcado por una angustia visual casi insoportable, experimenta un quiebre azaroso al avanzar hacia el oeste de esa delgada franja litoralense.

De pronto, el gris del salitre y el escombro ceden ante la aparición de Anare.

Los lugareños lo llaman el «pueblo bendito», un apelativo que adquiere tintes de milagro geográfico al constatar que, en medio del desplome general del estado, esta pequeña comunidad no sufrió daño directo alguno.

Al cruzar el umbral de su plaza, el cambio de energía es una sacudida vital.

La escena es un desafío a la desolación: niños que corretean tras un balón con una alegría contagiosa, pequeños artistas concentrados en convertir simples piedras marinas en monumentos de pigmento y esperanza.

Para quien viene de transitar la zona crítica, Anare se erige como un refugio de paz, un espacio donde la vida ha decidido germinar con una fuerza inaudita sobre la cicatriz de la tragedia.

En el epicentro de esta resistencia anímica emerge la figura de Neomar, un joven de 26 años cuya piel, bruñida por el sol y la sal, narra su historia como surfista de pura cepa.

Sin embargo, tras el sismo, sus tablas quedaron descansando en un rincón de su hogar.

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