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El salto cuántico de Acción Democrática en su 85 Aniversario

Analítica ·

Acción Democrática cumple 85 años, desde aquella célebre legalización en 1941 que transformó para siempre el destino de Venezuela.

Fundada bajo el signo de la modernización y la justicia social, el «partido del pueblo» no fue un actor secundario en el siglo XX; fue el arquitecto indispensable del proyecto civil venezolano, marcando con su huella cada una de las grandes transiciones políticas del país.

Hoy, sin embargo, su 85 aniversario no convoca a la celebración ciega, sino a una dolorosa e impostergable reflexión sobre el contraste entre su gloria histórica y su nefasta postración presente.

Para entender la magnitud del vacío actual, es imperativo recordar el rol protagónico de AD en la construcción de la República.

Fue el motor del «Trienio Adeco» (1945-1948), la fuerza que universalizó el voto y sembró la semilla de la soberanía popular.

Fue también el pilar de la resistencia clandestina contra la dictadura militar en los años cincuenta, aportando mártires de la talla de Leonardo Ruiz Pineda; así como el firmante fundamental del Pacto de Punto Fijo en 1958, el acuerdo que garantizó cuarenta años de estabilidad democrática e institucionalidad civil.

AD sabía interpretar el pulso de la nación y guiarla hacia la libertad.

Qué abismal y funesta diferencia con la realidad contemporánea.

En la compleja y dramática transición que atraviesa la Venezuela de hoy, el partido que alguna vez encarnó la vanguardia democrática padece de una ausencia total de participación protagónica.

Mientras el país exige una reinstitucionalización profunda y un retorno a los valores republicanos, las siglas históricas de AD han quedado al margen del liderazgo del cambio.

Esta triste realidad no es un accidente, sino el resultado de una tragedia interna propiciada por la decadencia de sus valores y el sesgo hegemónico de quienes han conducido la organización en los últimos treinta años.

Una dirigencia enquistada y divorciada de las bases optó por la supervivencia burocrática por encima de los principios fundacionales de Rómulo Betancourt.

El extravío ideológico y estratégico llegó al extremo de adoptar un sesgo de complacencia y apoyo indirecto al “Madurismo”, traicionando la esencia misma de una organización que nació para combatir las dictaduras y defender la dignidad popular.

Al fracturar el partido y pactar con el poder, entregaron las banderas de la resistencia a cambio de cuotas de control estériles.

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