Debussy: pintar con sonidos
Retomando mi faceta de cronista musical, mañana, 22 de agosto, se cumplen 164 años del nacimiento de Claude Debussy, uno de esos compositores que no solo escribieron buena música, sino que cambiaron para siempre la manera de concebirla.
Nació en 1862, cerca de París, y desde muy joven mostró un talento que lo llevaría por caminos distintos a los que inicialmente habían imaginado para él.
Debussy ingresó al Conservatorio de París con apenas diez años.
Su futuro parecía estar en el piano, pero nunca consiguió el primer premio que podía abrirle el camino como concertista y poco a poco se orientó hacia la composición.
Tampoco allí triunfó de inmediato: en 1882 se presentó al prestigioso Prix de Rome y ni siquiera pasó a la segunda ronda.
Al año siguiente obtuvo el segundo premio y, finalmente, en 1884, ganó el Grand Prix de Rome con su cantata L'Enfant prodigue .
Sin embargo, aquel reconocimiento le produjo cierta inquietud: temía que el prestigio y las expectativas académicas terminaran condicionando algo que valoraba muchísimo, su libertad como artista.
Me gustan esas historias porque recuerdan que las primeras evaluaciones no siempre alcanzan para medir lo que una persona puede llegar a hacer.
El joven que no logró convertirse en el pianista virtuoso que se esperaba terminó siendo uno de los compositores que más transformaron la sonoridad del piano y de la orquesta.
Y si tuviera que escoger una palabra para hablar de Debussy, quizás sería esta: color .
Siempre resulta curioso hablar de colores en la música.
Técnicamente los sonidos no los tienen, pero basta escuchar unos minutos de Debussy para entender la idea.
Su música parece tener luz, sombras, transparencias y reflejos.
Más que explicar, su lenguaje sugiere.
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