El mito de Boves: La venganza que engendró el desprecio, por Rafael A. Sanabria M.
Correo: [email protected] La historiografía escolar tradicional nos enseñó desde las aulas una versión simplificada y maniquea del conflicto emancipador: de un lado, los próceres inmaculados; del otro, José Tomás Boves como la encarnación absoluta del mal, un villano unidimensional desprovisto de matices.
Sin embargo, en las aulas de clase y en los textos de historia elemental casi nunca se menciona la paradoja esencial de su vida: antes de convertirse en el devastador azote de la causa patriota, Boves quiso formar parte del movimiento independentista venezolano.
Fue la desconfianza institucional, sumada a la arrogancia y al rechazo de los mantuanos, lo que fracturó su destino y encendió su desmesurada sed de revancha.
Comprender al «Taita» requiere despojarse del romanticismo simplista para observar las grietas sociales de una colonia que estalló en una brutal guerra civil.
Para entender a Boves no hay que buscar a un monstruo de nacimiento, sino a un hombre moldeado por la orfandad, el rigor laboral y la exclusión.
Nacido en Oviedo, Asturias, el 18 de septiembre de 1782, creció en el seno de una familia humilde donde su madre lavaba y cosía para sostener el hogar tras la muerte temprana de su padre.
Dotado de una determinación férrea, estudió Náutica y Pilotaje en el Real Instituto Asturiano, donde se graduó como marino mercante.
No obstante, la precariedad económica lo arrastró al contrabando en aguas caribeñas, lo que culminó en su apresamiento y en un juicio que amenazaba con destruirlo.
Fue la intercesión de su defensor –paradójicamente Juan Germán Roscio, una de las mentes ilustradas que más tarde redactaría la Constitución Federal de 1811– lo que le permitió permutar la cárcel en Puerto Cabello por el confinamiento en la Villa de San Juan de los Morros y posteriormente en Calabozo.
Allí, en la inmensidad del Llano, el marino desplazado reinventó su vida.
Boves abrió una pulpería y se dedicó al comercio de ganado, una ocupación considerada por la élite dominante como un oficio menor e impropio de nobles.
Fue precisamente en ese trato cotidiano con la vasta masa marginada del Llano –peones, mulatos, pardos, indios y esclavos– donde Boves halló un sentido de pertenencia que la estratificada sociedad criolla jamás le ofreció.
Se integró a la vida local, se unió a la mulata María Trinidad Bolívar y forjó un camino de estabilidad, hallando en el llano profundo una paz precaria pero sincera.
Cuando el movimiento revolucionario de 1810 cobró efervescencia en Caracas y las provincias proclamaron la Independencia en 1811, Boves no reaccionó con odio antirrepublicano.
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