Sevilla, un universo entero
Sevilla vive ajena al resto del mundo, habita en un debate permanente sobre sí misma.
La dualidad es su razón de ser.
Los hijos de la ciudad hiperbólica somos extremistas en la concepción del modelo y las costumbres y no sabemos ponemos de acuerdo.
Es como un matrimonio viejo: la queremos tanto que la odiamos de tanto tratarla.
En este universo entero que es Sevilla nos ha dado por discutir hasta de las losetas que están poniendo en las múltiples obras.
Que si las hexagonales son un modelo barato, que si la madeja del NoDo viene en un color más oscuro...
Que si los alcorques aún no tienen árboles.
Que si han plantado cipreses en vez de naranjos. ¡Salvemos el ficus! No nos gusta nada de lo que se hace porque aspiramos a una perfección utópica que jamás hemos alcanzado, ni siquiera promovido.
Porque, no me lo negarán, somos bastante cutres y vivimos de la renta.
Pero aquí hay que mamar.
En estos días, la ciudad se ha recreado en su microcosmos particular con una cena a los pies de la Giralda.
Mario Niebla, digan lo que digan, ha conseguido una cosa imposible en Sevilla: nos ha puesto de acuerdo a todos.
La plaza Virgen de los Reyes no era el sitio.
La torpeza de tres administraciones de distinto color político ha logrado lo inimaginable: nadie saca rédito político porque han quedado retratados ante una ciudad que observaba, atónita, cómo se cedía un enclave sagrado por el rito y la regla.
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