Lecturas de no leer
El informe Pisa con piña dice muchísimas cosas, pero la principal es que aquí no lee ni pirri.
Esa es la lectura central del estudio: que no se leen ya ni las etiquetas del champú, ni los carteles de las autopistas, ni los tuits con más de dos líneas, ni siquiera los mensajes de alerta que los servicios de inteligencia mandan el día de antes de que te ocupen tu territorio.
Por eso suena a chiste, a causa perdida, que el menda pretenda que este artículo llegue a quien tiene que llegar: a la generación más envenenada de la historia.
No obstante, si algo me ha enseñado la cultura es que es un antídoto rebelde que se lanza a la farmacia del aire, una bala sanadora que el que dispara no tiene el poder de saber dónde impactará ni qué interpretación le dará el herido.
Que la lectura se atragante no significa, como muchos lumbreras quisieron hacernos creer, que la gente se haya mudado a otros formatos igualmente nutritivos.
Las plataformas digitales y las redes sociales son herramientas que, bien utilizadas, pueden ser complementarias, pero nunca sustitutivas de la fuente primaria del conocimiento.
La falta de lectura ha traído aparejada la idiotización de la masa, a la que se le ha hecho creer que en la instantaneidad estaba la gran victoria de este siglo y no la muerte paulatina de su inteligencia.
Pululan por las calles seres con la capacidad de atención hecha trizas, con la imaginación arrasada por el ruido, creyendo que el espíritu crítico más que un proceso de reflexión es una ballesta que sirve para reafirmar los sesgos atacando a quien ose cuestionarle.
La bancarrota de los textos no es una anécdota, es el hecho principal que explica muchas de las causas del retroceso democrático que vivimos.
No hay mayor ejercicio de empatía que la lectura; ponerse en la piel de los personajes y sus circunstancias.
Ser capaz de extraer conclusiones del silencio y la intimidad que proporcionan las páginas y las historias que cuentan.
Las tripas de este informe demuestran lo que ya intuíamos: que somos un cadáver en descomposición picoteado por los buitres carroñeros del algoritmo.
La polarización no es más que la niña mimada de la incultura, la consecuencia de la fabricación en cadena de analfabetos hiperconectados incapaces de cuestionarse si es preferible una suculenta mentira o una amarga verdad.
El odio crece mejor en los cerebros huecos, parasita en la lana de las ovejas que no saben balar.
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