A medio siglo de la niebla: Las voces perdidas de las Azores, por Rafael A. Sanabria M.
Correo: [email protected] Hay tragedias cuya dimensión real no se mide en la violencia del impacto, sino en la densidad del silencio que dejan a su paso.
Al cumplirse cincuenta años de aquel 3 de septiembre de 1976 en la isla Terceira, la memoria intelectual exige dirigir la mirada más allá de la crónica aeronáutica para reparar en la pérdida verdaderamente irreparable: la extinción simultánea de una polifonía humana irrepetible.
En el fuselaje del Hércules C-130 de la Fuerza Aérea Venezolana no solo viajaba una delegación universitaria; habitaba un instrumento vivo, un tejido de timbres, respiraciones y sensibilidades que constituía la vanguardia del canto coral de la nación.
Comprender el abismo de Lajes implica entender qué significa acallar un coro de ese calibre.
Cada uno de los integrantes del Orfeón Universitario de la UCV poseía un valor que trascendía la disciplina musical.
Eran voces educadas en la doble excelencia: sopranos, contraltos, tenores y bajos que de día habitaban los laboratorios de ciencias, las aulas de medicina, las escuelas de ingeniería o los seminarios de filosofía, y de noche acoplaban sus alientos bajo la batuta del maestro Vinicio Adames.
Aquella noche sobre el Atlántico no murieron únicamente cincuenta y dos personas; se apagó de golpe una red de inteligencias armónicas que encarnaba el ideal ético y estético del país. *Lea también: Carta urgente a San Pedro, por Reuben Morales La historiografía suele registrar la desaparición de las figuras tutelares, pero suele dejar en la penumbra los matices de la pérdida colectiva.
En los equipajes del grupo no solo se extraviaron los arreglos inéditos y las composiciones manuscritas que iban a resonar en el XII Festival Internacional de Canto Coral en Barcelona; se extinguió la memoria viva de la interpretación, ese saber intangible de la afinación compartida y el temperamento de grupo que lleva años consolidar.
Se perdieron voces jóvenes en plena madurez expresiva, matrimonios de coristas, hermanos que cantaban en la misma cuerda y una generación entera de relevo docente que estaba llamada a dirigir los coros del siglo XXI venezolano.
Sin embargo, el fenómeno más singular de este duelo colectivo radica en la extraña naturaleza del eco.
La respuesta de la Universidad Central de Venezuela no fue el mudo abatimiento, sino el reclamo de la voz.
Cuando los sobrevivientes que no viajaron por razones de cupo y los orfeonistas de promociones anteriores se reunieron en la Ciudad Universitaria a pocos días del siniestro para cantar entre lágrimas, demostraron que las voces tronchadas en la tormenta del Atlántico habían dejado una huella indeleble.
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