El privilegio de la madurez y de lo distinto
Si bien es cierto que en la vida transitamos por distintas etapas, que cada ser humano va cumpliendo a su propio ritmo y en su propio tiempo, también es cierto que ese ritmo y ese tiempo se hacen cada vez más maduros y ricos cuando uno llega al cuarto piso.
A lo largo de mi vida me desahuciaron más de cuatro veces, llegando incluso a indicarle a mi madre, cuando apenas tenía cuatro años, que iba a morir asfixiado. Debo decir que, aun cuando creo en la ciencia, en mi caso se equivocaron. Este personaje tenía, y todavía tiene, alguna misión en la vida y alguna recompensa por haber venido a este mundo con cualidades distintas.
La entrada a los 40 años significa, sin duda alguna, un tiempo de reflexión y de entendimiento. Muchas veces se habla de la llamada crisis de la mediana edad, porque es precisamente en este momento cuando uno comienza a cuestionarse qué ha hecho a lo largo de este espacio de tiempo, qué quiere hacer en los años que vienen y cómo cambian nuestras metas, objetivos y sueños, sobre todo cuando también aprendemos a mirar nuestra vida a la luz de nuestras propias cualidades.
Aunque debo reconocer que este 2026 no me ha tratado mal, ha sido un año lleno de aprendizajes y reflexiones, pero, sobre todo, de entendimiento. He comprendido que, como ser humano, llegar a los 40 años también te da el privilegio de deshacerte de todo aquello que te molesta, que te hace daño o que, de alguna manera, no resulta positivo para lo que buscas en la vida.
Debo confesar que una de las mejores partes de esta entrada a los 40 es ver cómo, poco a poco, y no necesariamente en el tiempo que uno quiere, sino en el tiempo perfecto, se va materializando cada vez más mi camino como conferencista. Al mismo tiempo, he entendido que el destino, de alguna manera, te va empujando hacia ese lugar en el que encuentras tu verdadera felicidad y donde puedes desarrollar aquello para lo que sientes que viniste a este mundo.
En cuanto a la parte laboral, también se produce una transformación. Los sueños, las metas y los intereses van cambiando, aun cuando el propósito pueda mantenerse. Los escenarios de desarrollo también se transforman y uno aprende a adaptarse a esas nuevas circunstancias.
Debo confesar que tenía miedo de aquel mito que decía que, al llegar a los 40 años, no nos contrataban dentro de una empresa por ser mayores. Bajo mi propia experiencia personal, considero que este mito de no contratar a personas mayores significa perderse o desperdiciar talentos, experiencia y madurez.
Siempre he pensado, a partir de mi recorrido y de todo lo que he vivido, que los años, en lugar de convertirse en una limitación, son un símbolo de sabiduría. La experiencia nos permite tener una mirada diferente, comprender mejor los procesos y aportar desde un lugar que solamente puede construirse con el tiempo.
Mientras la vida me lo permita, mi propósito, mis intereses y mis sueños seguirán transformándose y adaptándose.
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